Así es Cómo te Encuentras Litografías de Salvador Dalí en El Mercado de Los Herrajeros

Miguel-Angel-Chavez-en-la-Libreria-Universitaria

En primer lugar a mí me gusta mucho, desde siempre,  la obra de Salvador Dalí. De hecho, ya ahora, compré todos sus libros gráficos y biográficos. Tendré entre 12 y 14 libros que hablan sobre la obra de Dalí. Siempre me impactó en la obra de ese pintor la cuestión del surrealismo.

Cuando yo tenía 14-15 años nos íbamos a pie los del barrio ahí en la colonia del Carmen, que está cerca de Los Herrajeros, a ver qué veíamos, a ver qué comprábamos o a dar la vuelta. Íbamos a las segundas que están por la Velarde, enseguida de la escuela Revolución, y luego nos íbamos a Los Herrajeros. Ése era nuestro recorrido, uno de nuestros recorridos. Entonces, cuando iba con los muchachos del barrio, íbamos jugando, cotorreando, haciendo diabluras como todos los muchachos. Pero a veces yo iba solo porque me interesaba ver las cosas que había.

En aquel tiempo yo empecé a coleccionar máquinas de escribir antiguas. Máquinas negras, de fierro, metal, pesadas. Llegué a juntar 18 máquinas de escribir y todas las tenía en una pared. Las colgaba como si fueran cuadros.

En eso andaba, buscando máquinas de escribir, cuando me encuentro un localito que tenía licuadoras, planchas, todo tipo de aparatos eléctricos. Te hablo, ¿qué sería? ¿1970? Yo tenía 15 años. Entonces sería 1975-1976… Yo ya sabía de Salvador Dalí en aquel tiempo.

En ese puesto, al fondo del lugar, estaba la carpeta. Una carpeta negra con letras doradas y con la firma de Dalí. Inmediatamente identifiqué la firma de Dalí y me sorprendió mucho verla. Yo pensaba que era la pura carpeta. De hecho no sabía cómo era la presentación de unas litografías. Yo pensé que era un folder grandote, porque no era un libro, era una carpeta grandota.

Me emocioné mucho pero no quise mostrar mucha emoción, porque yo sabía que si muestras emoción por un objeto, el dueño de volada se deja caer con el precio. Entonces pregunté por una licuadora, por cosas, por un proyector y luego pregunté que qué era eso de Dalí.

Le dije: ¿me permite verlo? Él entró entre los cachivaches, lo sacó y me dijo: “son dos litografías de Dalí”. La abrió y las vi. Dije: ¡Ah jijo! Se me hizo muy sorprendente que esos objetos estuvieran ahí.

Eran dos litografías. Era una carpeta de cinco pero nada más tenía dos litografías. El dueño sabía lo que estaba vendiendo porque me dijo: “es un pintor muy famoso y todavía está vivo y son unas litografías muy caras, pero yo aquí las tengo en 200 dólares”.

Eso era un dineral. Yo traía 10 dólares en la bolsa. Con eso me compraba un costal lleno de cosas.

Con ese dinero en esa época te podías comprar un juego de sala o más cosas. En ese tiempo te podías comprar casi casi un carro. En ese tiempo habrá costado 600 dólares.

Le dije que si le podía dar los 10 dólares para apartarlas y tener tres días para conseguir el dinero y sacarlas. Yo pensé que mi papá, mi mamá o mi hermano, que ya estaba grande y trabajaba, me podían prestar el dinero.

Me devolví a mi casa emocionado, todo alterado por haber encontrado esas cosas de Dalí. Le pedí a mi hermano y me dijo que si estaba loco, que con qué dinero. Mi mamá me preguntó más cosas: que quién era, qué hacía, que para qué quería esas cosas, que dónde las iba a poner. Y que no tenía dinero. Mi papá trabajaba de rutero y pues sí sacaba los 200 dólares… los 190 dólares que faltaban.

Él, que podía, no quiso prestarme.

El caso es que no conseguí el dinero.

Yo iba todos los días para ver si todavía estaban ahí. Me decía el señor: “aquí las tengo, se las estoy guardando”. “Ah”, me dijo, “si no las saca va a perder los 10 dólares”.

Mi último recurso fue ir con el tendero, que se llamaba Emérito, en una tienda que se llamaba Roble. Estaba en la esquina de Francisco Guillermina, en la calle Fierro. Era amigo del barrio y me conocía. En aquel tiempo también corría, me gustaba hacer deporte. Me conocían como un muchacho bueno, que no estaba maleado y que iba a la escuela. Iba en la secundaria.

Don Emérito, que tenía mucho dinero, era de esos señores que sacaban una pacota de dinero: acá de pesos, acá de dólares. De esos comerciantes de antes que no usaban tarjetas de crédito o cuentas bancarias. El caso es que le platico sobre Salvador Dalí. Él solamente sabía que eran muy caras. Total, me dice que no pero hace que le cuente toda la historia de dónde estaban. El lugar exacto. Yo le digo que en la esquina de Los Herrajeros.

El tercer día voy, a ver qué puedo… mi intención era saber qué… ya en mi desesperación era ofrecerme para trabajar ahí tres meses y que me pagara con las litografías, pero cuando llegué me dice: “¡Ay qué bueno que viniste, chavo! Toma tus 10 dólares”.

Se me hizo raro, porque dijo que no me iba a regresar los 10 dólares y me los regresó. Me dijo: “ya vinieron por las litografías, vino un amigo tuyo”.

Dije: ¿un amigo mío? “Sí, él dijo que tú lo habías mandado y que te diera tu dinero, que tú ya habías hablado con él”, respondió.

Después me dio las características del señor y era Emérito: un señor chaparrito, calvo, güero y arrancherado. Pues me ganó. El desgraciado compró las litografías y cuando fui a reclamarle muy enojado, él ya las había vendido más caras a alguien que sabía. Quién sabe a quién se las vendería pero él fue.

Lloré de rabia porque yo era el que las había descubierto, porque las había perdido, porque no pude tener dinero para comprarlas. Eran muy baratas. De hecho ésa hubiera sido mi primera inversión. Ésa fue la historia de las litografías.

Desde entonces, todos los viernes, sábados y domingos acostumbraba –hoy no tanto– pero me gusta mucho ir a los mercados, a las segundas, lo que se llama en México y otras partes como mercados de pulgas. Me gusta ir a buscar cosas.

Miguel Ángel Chávez Díaz de León es un escritor, editor y periodista nacido en Ciudad Juárez. Su novela más reciente es Policía de Ciudad Juárez.