Encuadrar el Círculo

encuadrar-circulo-isai-morenoHe perdido la cuenta de las veces que se me pregunta por qué abandoné la ciencia y me dediqué a la literatura y qué relación encuentro entre ambas áreas.  

Dediqué poco más de dieciséis años a formarme e investigar en las ciencias duras, a la vez que escribía poesía y divulgación científica antes de incursionar en el territorio escabroso de la novela. Inicié tardíamente mi licenciatura en física tras leer el emblemático libro de Stephen Hawking Historia del tiempo y creí que podría ser un eminente cosmólogo que descubriese la teoría definitiva del universo. Pronto supe que estaba negado para esa disciplina y que se me facilitaban más las matemáticas, a las que me fui entregando con devoción hasta obtener la maestría y un doctorado. Estudié lo que se conoce como topología algebráica para entender aspectos extraños de los fractales, ya raros de por sí, y acabé especializado en el área de los sistemas dinámicos, experto en localizar ciclos límite y ocasional caos en algunos de ellos. Ahí hallé un remanso de aguas frescas que consolaron por años una fiebre: la obsesión que tenía y tengo por la belleza, a la que reservé años de creatividad y desvelo. Un mundo platónico cuasiperfecto me fue entregado, yo lo descubría como supuse que sólo yo era capaz de hacerlo, hasta entender que en las matemáticas (como en la literatura) se puede conseguir un estilo.

Viví de la ciencia, ya fuese de becas o como profesor de matemáticas y luego investigando, hasta que se bifurcó el sendero y debí decidir si optar entre una beca del Sistema Nacional de Investigadores a la que tenía acceso y, ahora sí ser esclavo de lo que fuese mi idilio, llenar reportes y hojas de puntajes, publicar papers a granel o caminar por el otro sendero de esclavitud exaltada, con una tirana también bella, soberbia y rigurosa como lo es la novela, pensando, por qué negarlo, en trocar esa beca del SNI por una soñada entonces, la del Sistema Nacional de Creadores de Arte. De eso hace cinco años. Gozaba al investigar y me pagaban por ello. Ahora disfruto escribiendo de tiempo completo y me pagan por ello. No puedo decir que soy alguien infeliz: siempre funciona para la publicidad de un autor un lema como: no soy feliz, por eso escribo. Es otro mi caso.

Tengo claras, sin duda, las palabras de Mateo 6:24: Un esclavo no puede servir a dos amos.

La ciencia me ha brindado claridad de pensamiento, rigor y disciplina. Eso es nada comparado con la libertad de pensamiento y la creatividad. En ciencia, siempre se pregunta uno sobre el qué pasaría si… Lo elíptico estimula. La ciencia motiva a problematizar, qué interesante resultaría problematizar en literatura. ¿Qué tal problematizar metiendo, literalmente, en problemas a un personaje, o entrando a terrenos riesgosos de experimentación a la vez que se procura que ésta sea invisible? Tanto en ciencia como en literatura el experimento debe ser invisible.    

Es curioso: la gente bien intencionada se decanta por el intento de una unidad global que pueda reunir ambas disciplinas: ¿qué relación tienen las matemáticas con la literatura?, insisten. Cuando estoy de humor respondo: Los matemáticos convierten el café en teoremas, los novelistas convierten el café en novelas: como verás no es mucha la diferencia, todo brota del café.

Leo siempre con maravilla lo que colegas matemático o físicos escribieron: Nicanor Parra, Lewis Carroll, Ernesto Sábato, Carl Djerasi, etc. Y pocos plasmaron el infinito como David Foster Wallace o como Borges. Amo el rigor narrativo y escritural de Ian MwEwan, que se nutre de la ciencia para sus novelas.

Ya salido de las honrosas filas de la ciencia, tampoco escribí divulgación científica y hacía mucho, para beneplácito del arte, de haber abandonado la escritura de poesía. Tampoco era ni fue mi opción el armado de obras de ciencia ficción: ya tenía mis problemas existenciales, mis obsesiones y vivencias, en otras palabras un universo vivencial, sólo mío, y una mirada personal de ese universo como materia prima de mis novelas y algunos relatos.    

Aún se me invita a impartir conferencias en las que se me pide exponer el vínculo mentado entre matemáticas y literatura: la única a la accedí fue a dúo con el matemático investigador, amén de excelente divulgador de la ciencia y sensible lector, Oswaldo Gaxiola. Hablamos de Borges y las matemáticas del infinito. Ahora me niego fehacientemente a ese juego. Cuando se me invita a ello recalco que ya me retiré de las matemáticas, pero les ofrezco a cambio algún taller literario.

Pasado el tiempo me he quedado con la cuestión, es claro, no para el establecimiento de un vínculo entre las ciencias duras y la literatura, sino para indagar si en mis procesos creativos me dejo influir por el modo en que hacía ciencia.

He llegado a algunas especulaciones:

I.  Intento emplear en mi narrativa la precisión matemática de cuando se redacta la demostración de un teorema. Al leer por vez primera a Salvador Elizondo noté una precisión casi quirúrgica en su escritura, muy cercana a la de la matemática. En todo lo que escribo intento ese rigor y quizá sea ello un aporte a mi estilo: la búsqueda de la formalidad, que tanto en matemáticas como en literatura, es la búsqueda de la forma (no soy nadie para deducirlo).  

II. Mi primera novela usa una suerte de proceso narrativo en paralelo, en el que intuitivamente recurrí a la idea de la homología: que en la lingûística es la relación entre los sujetos que ejercen papeles iguales en ámbitos distintos. Así, cuento la historia de dos personajes separados en el tiempo pero que son en esencia el mismo, con iguales obsesiones y necesidades, e idéntico carácter asesino. Debo aclarar aquí, pues es el único espacio idóneo para hacerlo, que esa novela de nombre Pisot, en honor a un matemático francés del siglo XX, no es una obra de ciencia ficción.

III. Tengo un pequeño libro de nombre Partículas suspendidas, de edición aún incierta, en el que, para agrupar textos varios, pequeños y moleculares, recurrí justo a la idea de esas partículas suspendidas que flotan en la atmósfera, corrosivas en su mayoría, como corrosivas intenté que fueran mis brevedades escriturales.

IV. En matemáticas se dice que un espacio es conexo si no se puede expresar como la unión de dos conjuntos abiertos no vacíos y disjuntos, o, en otras palabras, y a nivel bastante intuitivo, es de una sola pieza. Sin proponérmelo, aunque después conscientemente, intenté ese tipo de conexidad en El suicidio de una mariposa, mi tercera novela, carente de párrafos (los párrafos en una narrativa obedecen a una ley de repulsión que no les permite ser parte de la misma unidad textual). Obtuve una novela de una sola pieza y mi desafío fue hallar una ley de pegado para lo que originalmente fueron parágrafos.

V. A últimas fechas me solazo con la idea de que así como es posible la existencia de materiales biológicos transgénicos también lo es la de una literatura transgénica: entiéndase por transgénico lo que resulta de añadírsele elementos que no pertenecen al material original con la finalidad de que adquiera propiedades mucho mejores a las originales. Una literatura transgénica, así la experimento, inicia como creación y en su escrutinio se le agrega algo escrito aparte por el propio autor, por ejemplo digresión, hipérboles, etc.  

Como se verá de los párrafos anteriores, soy experto en galimatías, en la especulación y el débraillé.

Olvidemos el rigor de la ciencia, al cabo, quizá de las ciencias aprendí algo más fundamental y contundente: que el conocimiento destruye, y es, básicamente, la premisa de al menos tres de mis novelas.

Finalmente, si algo que una mundos distintos puede aportarse aquí, es que ni el científico ni el novelista soslayan la unidad de un sistema: una teoría científica pretende explicar lo máximo posible (incluso el logro de una teoría total) a partir de un sistema breve de preceptos. La novela apuesta también a algo parecido, aspira a una totalidad de elementos interconectados por la profundidad y el misterio que se agrupen en torno a un solo precepto, el de la existencia de un centro. De este modo, ambos son géneros narrativos. i.e., géneros del conocimiento y aprehendizaje  del mundo. Por otra parte, no puede hacerse ciencia ni escribirse literatura si no se cuenta con ese material esencial que no es la inspiración ni la transpiración, sino algo más primigenio y elemental: la capacidad de asombro. 

Isaí Moreno es un matemático convertido en autor. Puedes seguirlo en Twitter y visitar su sitio web.