Hayao Miyazaki y el Arte de Observar

Ilustración grande de Studio Ghibli sobre el retiro de Hideo Miyazaki, realizado por Jair Tapia
© Jair Tapia, 2014

El acto de aprender a dibujar con base a observar debería tal vez estar clasificado no solo como parte de la tradición formativa de un artista clásico, sino como suerte esotérica por usar un lápiz para de ahí aparecer lo que se tiene enfrente, convirtiendo esta habilidad en un sexto sentido, utilizado incluso para ver “más allá” de la obviedad. Tal ocurrencia me viene al pensar en el reciente anuncio de Hayao Miyazaki sobre su retiro del cine, especulando por medio de su vigorosa filmografía en cuanto a cómo pudo ser su proceso creador.

Dibujar es contemplar, hacer conciencia de lo que se percibe al dejar que el lado derecho del cerebro se imponga y ver lo que no es evidente a simple vista, ¿qué mejor manera de obtener conocimiento? Aquí es donde Miyazaki da entada a la magia, trasladando esa actitud contemplativa, no limitándola al dibujo sino a su relación con el mundo y así descubriendo cosas del entorno. Sin esto, no surge el desborde imaginativo que está siempre arraigado en mirar cosas reales como el echar andar de una maquina compleja, las sutilezas del variable comportamiento de un niño, o cómo se toma el vuelo de un avión o hasta un dragón. También el uso habitual de transfiguración de personajes como queriendo insistir en que nada permanece incambiable mientras sea observado. Y es que por más fantásticos que sean sus relatos, hay algo real a lo que parece haber estado atento para luego reinventarlo. Bastaría con hacer mención de que la isla pesquera de Ponyo y el bosque de Princess Mononoke, están inspirados en lugares reales de Japón, así como la típica casa de campo de My Neighbour Totoro o el mismo Totoro, que bien pudiera combinar a un gato, un conejo y orejas que a veces aparentan siluetas de árboles. Spirited Away retoma lo que pudiera ser uno de tantos parques de diversión abandonados en Japón y lo convierte en pasaje hacia el mundo de espíritus que confronta Chihiro. Miyazaki está atento, no pretende crear desde la nada. Tal mirada pareciera que lleva a darse cuenta de la ambigüedad de las relaciones interpersonales o de que no hay polaridades tan marcadas como el bien o el mal, menos entre héroes y villanos, designaciones a las que personajes de sus cintas no pueden ajustarse del todo. También está atento a la tensión del mundo moderno ante la naturaleza, cuya visión no se basa en reduccionismos simplistas y que está alineada con aquella del cine de Werner Herzog (naturaleza inhóspita y de conflictiva relación con el ser humano) y que me gusta para que sea la razón por la que Herzog presta su voz para algunos de los personajes de Miyazaki en sus versiones en inglés.

Toda esta forma de trabajar esta manifestada en cómo se refiere al cine de animación japonés actual, acusando a los que lo realizan al describirlos como otakus que no toman su visión del mundo real y burdamente se basan en el fanatismo a la animación misma, fetichistas del medio que no practican la capacidad de asombro fuera de ellos mismos. Como viejito renegón que debe ser, se queja igual de los que temen al silencio y a la quietud visual al saturar sus cintas de excesos sensoriales para agradar a como dé lugar (y repelar a algunos). Cierto, los niños sobre todo, pueden ser reflexivos y admirar un cine opuesto al que los malcría con excesos. Miyazaki regala momentos donde todo lo que importa es una rana que nada tiene que ver con la historia central, unas mariposas que siguen los pasos de una especie de dios venado o un pulpo que intenta introducirse al interior de una casa inundada. Todos estos, momentos que someten al espectador en un viaje pero no de la manera convencional en que lo hace el cine, uno no cree haber visto una de sus películas, uno cree haberlas soñado.

Una aportación más es la extrañeza de limitar el uso de la computadora, cosa que me recuerda la actitud de Kurosawa, quien estaba a favor de que su cámara solo captara entornos tangibles en el mundo real al no dar paso, salvo algunas excepciones, al uso de efectos especiales. Esto no viene por aberración a la tecnología moderna. Cuenta que en una ocasión, contrató a un artista digital, suficiente para confirmar que Miyazaki y sus animadores por si solos eran más rápidos y eficientes.

Dados estos elementos únicos en su obra, podría argumentarse si su retiro es un entristecedor infortunio, pero no lo creo. Si en verdad su cine es una meditación contemplativa, entonces hay suficiente color y forma como para soplar y que el pigmento de su mándala filmográfica se disperse. Al fin y al cabo, queda en nosotros su efecto y no necesitamos ser dibujantes o ir a Japón para apreciarlo o imaginar historias a su estilo. Su trabajo ya nos convenció de que nada en el mundo está dormido, pues de alguna forma, todo es animación.