Notas y Reflexiones sobre Miracleman

miracleman

Una historia complicada

Treinta y dos años después de la publicación original de “Miracleman” en la mítica revista inglesa Warrior aparece una edición mexicana de su primera parte con la historia de este superhéroe inglés. Lo hace por la puerta grande —en un tomo elegante— gracias a Marvel. Su hermosa portada es el trabajo de Joe Quesada, uno de los cabecillas de la editorial.

La historia escrita por Alan Moore, el mago de Northampton, no le fue acreditada en esta edición. La ilustración corre por cuenta de el no muy pródigo Garry Leach y un entonces primerizo Alan Davis. Miracleman es la reinvención y actualización de una tira cómica que se publicaba en Inglaterra durante la década de los 50 y que tiene una interesante trayectoria editorial que daría para escribir libros enteros.

A mediados del siglo pasado eran muy populares en Estados Unidos las historias del Capitán Marvel, héroe de uniforme rojo y amarillo que al pronunciar en voz alta la palabra ¡Shazam! adquiría los poderes y habilidades de distintas deidades de la mitología griega y judeocristiana. Su impacto y reimpresiones en Gran Bretaña no eran menos.

Captain Marvel, la inspiración directa (o plagio descarado) de Miracleman

Sin embargo, la empresa National Comics (antecedente de la actual DC Comics) notó que la apariencia y poderes del Capitán Marvel era sospechosamente similares a uno de los personajes de su propiedad. Me refiero, claro, a Superman. Es así que la National demandó a Fawcett Comics, dueña de los derechos del Capitán Marvel, y logró que no se imprimieran más números del “Gran Queso Rojo” (apodo dado por el Doctor Sivana, archienemigo de Capitán Marvel). De un día para otro los lectores ingleses se quedaron de repente sin su ración de aventuras de este superhéroe.

Los editores ingleses no se iban a quedar así como así sin los ingresos que percibían por esta publicación por lo que encargaron al escritor y guionista Mick Anglo la creación de un nuevo superhéroe inglés que rellenara el hueco dejado por el Capitán Marvel. Así nació en 1954 Marvelman y sus dos sideckicks o ayudantes: Young Marvelman y Kid Miracleman.

Las historias que se narraban en ese tiempo eran sumamente infantiles e ingenuas, cómicas y sencillas. Se publicaron por casi una década, siendo vendido su último número en 1963.

Una aventura cartoon, de los tiempos de Mick Anglo

Diecinueve años después un guionista inglés de nombre Alan Moore decidió revitalizar al personaje y en 1982, con ilustraciones de Garry Leach, se publicaron las aventuras de Marvelman para una nueva generación de lectores. Por razones de derechos, las publicaciones en el resto del mundo (incluyendo México) renombraron al personaje como Miracleman, y en mi opinión el nombre es superior al original, porque el adjetivo Marvel se encontraba muy saturado. Miracle suena más elegante. Aunque no deja de tener cierta connotación religiosa.

La reinvención del héroe

Se puede decir que los años ochenta es una década decisiva para la industria del cómic. Hasta esa década las historias de los hombres con la ropa interior por fuera, los superhéroes, se había vuelto muy repetitiva e infantil, con personajes ya no arquetípicos, si no estereotípicos, en donde el malo era malo porque sí y el bueno siempre ganaba, ya sea por increíbles poderes que lo acercaban al rango de un dios, o por increíbles deus ex machina. La industria, en suma, estaba en franca decadencia.

Muchos historiadores del cómic nombran siempre a dos obras como las responsables de la reinvención del superhéroe, volviéndolo supuestamente más oscuro y adulto, más cercano a la realidad. Me refiero a “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons y “El regreso del Caballero Nocturno” de Frank Miller. Pero la pieza que reseñamos hoy casi nunca se menciona, a pesar de ser anterior.

Es cierto que Miracleman toma un camino distinto que las dos obras que mencioné, en las que el héroe se humaniza y alcanza rasgos de patetismo, falibilidad y hasta de defectos personales que antes no podían imaginarse, mientras que Miracleman nos trae a un nuevo dios que camina con los humanos.

Miracleman es una reimaginación del mito de Superman. ¿Cómo reaccionaríamos ante la irrupción de un hombre que puede hacer prácticamente lo que se imagina? Tal vez como los personajes de los que nos habla Moore.

Michael Moran se ha ido, Miracleman ha regresado

El volumen que hoy se publica en México comienza con una pequeña aventura que ejemplifica los cuentos de Anglo, cargado de conceptos de la ciencia ficción de serie B de su tiempo, con ilustraciones de corte infantil, diálogos y resolución del conflicto muy ingenuos. El argumento se resume en la llegada a 1956 de un terrorista viajero del tiempo proveniente de 1981 quien finalmente es derrotado por nuestro personaje y sus dos ayudantes. El episodio acaba con una frase de Nietzsche, tomada del texto favorito de los culturosos universitarios, Así habló Zaratustra.

“Escuchad… os diré como es el superhombre: es este rayo… ¡Es una locura!”

A partir de aquí damos un salto a 1982 y nos topamos con Michael Moran, un reportero de 40 años, desempleado y que trabaja como freelance, quien cubre una manifestación ambientalista en una planta nuclear. Moran tiene recurrentes sueños de haber sido alguien más, alguien con poderes inimaginables, con fuerza, vuelo, invulnerabilidad y una mente privilegiada. También sueña que junto a dos personas con poderes similares a los de él vuelan hacia una especie de satélite que explota matando a los otros dos y dejándolo a él inconsciente.

Gracias a Miracleman el cómic experimentó un proceso de maduración, que le permitió trascender el estancamiento en que vivía
Moran no sabe lo que estas ensoñaciones significan y le provocan constante ansiedad. También tiene conocimiento de una palabra que al pronunciarla le permitiría volver a ser ese superhombre, pero no es capaz de recordar cuál era. Durante la presentación de la planta nuclear unos terroristas hacen acto de presencia con la intención de robar plutonio y subastarlo entre organizaciones subversivas. Durante la confusión, Moran recuerda la palabra al ver la palabra “atomic” invertida a través de un cristal: ¡Kimota!

Al pronunciarla, el reportero lo recuerda todo y recupera sus poderes y habilidades. Ha vuelto el dios entre los hombres. Las experiencias de Miracleman maravillan al lector aún 32 años después de publicadas. El sense of wonder está presente en cada página y asistimos a muchas revelaciones respecto al héroe y quienes le rodean.

Miracleman es 20 años más joven y mucho mejor formado que su alter ego Michael Moran y ahora recuerda todo. Ya habrá tiempo de comentar el impacto de la conversión de un humano ordinario en un dios en una próxima entrega.

El impacto

Durante casi toda la vida del cómic de superhéroes, las tramas eran relativamente sencillas, en las que la arquetípica lucha del bien contra el mal sobresalía por sobre todo lo demás, sin haber ocasión de una mayor definición de los personajes, sin retratar de manera compleja la psicología de los personajes o la sociedad en la que vivían.

La estética y las tramas cartoon se sucedían una y otra vez en una interminable serie de aventuras repetitivas, llenas de golpes y batallas sin ningún sentido y resoluciones absurdas.

Temas como la muerte, el sexo, o las fallas del héroe eran un tabú. El cómic era una diversión anodina y sumamente codificada, tal como lo dictaban las normas de la época. El cómic era un producto más de aquello que los filósofos de Frankfurt llamaban la industria cultural.

El cómic, al formar parte de esta industria, como bien apunta el sociólogo francés Eric Maigret: “transmitían estereotipos que reducían la complejidad del mundo y gustaban por su monotonía tranquilizadora”. No eran más que una forma de entretenimiento y su función debía acabar ahí.

Alan Moore y otros autores de lo que se suele llamar “la ola británica” —entre los que se incluyen a Neil Gaiman, Peter Milligan, Grant Morrison, y más recientemente el edulcorado Mark Millar— comenzaron a cuestionar las bases mismas del cómic a través de revistas transgresoras dirigidas al mercado inglés. Las más conocidas de ellas son Warrior y 2000AD. Asombrosamente estos autores llamaron la atención de los gigantes norteamericanos Marvel y DC y han logrado dejar una marca indeleble en el cómic mainstream.

La revista inglesa Warrior, gestora de grandes cambios

Miracleman es uno de los primeros y menos conocidos intentos de hacer una revisión de las estructuras del relato comiqueril. En él se intenta hacer un acercamiento más verosímil de las historias de superhéroes, dejando de lado ese aura naif y colorido que impregnaba las páginas de los cuentos de los años 50, 60 y buena parte de los 70.

“Los medios masivos, y entre ellos el cómic, ejercen una permanente seducción porque alivian relajan, permiten soñar y tener esperanza. Esta ensoñación sería trastocada, al menos en parte, con la llegada de la ola británica.”

Incluso el dibujo de Garry Leach y de su sucesor, un irreconocible Alan Davis con un estilo muy diferente al de sus ilustraciones de hoy día (bastante talentoso en ambas épocas, todo hay que decir), connotan ese cambio de enfoque en la producción historietística. Póngase el lector a comparar una ilustración de “El Rey” Jack Kirby, Jim Starlin o Dave Cockrum, llenas de colorido, con imposibles diseños de ciencia ficción y vistosos trajes, al trabajo de los ingleses, un trazo realista, sucio, lleno de claroscuros, una traslación al cómic de la estética de películas como Taxi Driver o la opresiva y melancólica Blade Runner.

Quizá hoy día no sorprenda la desesperanza y la impresión de que todo puede pasar que transmite Miracleman, el cómic de hoy se ha ajustado a los estándares narrativos que Moore impuso en esa historia, y de hecho hoy día se presumen como “lecturas adultas”.

La familia Marvelman al completo, Micky Moran, Dickie Dauntless y Johny Bates
Daredevil, los X-Men, la Justice League, toda la línea Vertigo, las producciones de Image (Spawn) y Wildstorm (con The Authority a la cabeza), las películas de Batman de Nolan y toda la parafernalia audiovisual de Marvel muy seguramente no seguirían la línea que siguen de no ser por estas historias que cambiaron el paradigma, como Miracleman efectivamente lo hizo.

Gracias a Miracleman, las historias de los pijameros experimentaron un proceso de maduración, que les permitió trascender ese estancamiento que vivían, sirviendo ya no como un alivio o una anestesia, si no como un espejo de la realidad; utilizando una nueva retórica fue posible trasladar la desesperanza e impotencia a las viñetas (¿y por qué no?, también la voluntad de cambiar algo).

Podemos anotar que en el siglo XXI se han abusado de esos esquemas y se ha llegado ahora a cansar al lector. Se percibe un estancamiento en esta ya no tan nueva visión que acaba de superar su tercera década de existencia. Guerras civiles y crisis infinitas se suceden una y otra vez, en donde “las cosas ya nunca serán las mismas y todo cambia para seguir igual.”

Michael Moran, o cómo el hombre se convierte en dios

Da clic para leer los detalles de la trama —¡spoilers! y mis comentarios— del primer volumen de Miracleman.

Bonus tracks

Portada variante del relanzamiento de Marvel
En esta edición de lujo se incluyen dos historias extra. Una habla de un posible futuro para Miracleman y en la otra aparecen unos extraños seres y que hasta el momento no logro descifrar qué relación tiene con la historia global, puesto que trata de unos extraterrestres llamados Warpsmiths y que muy probablemente tendrán mayor relevancia en los futuros volúmenes.

Además una serie de bocetos de Garry Leach y una serie de portadas alternativas se dejan para el final en un excelente tomo encuadernado con un sistema de impresión novedoso, probablemente arenado.

Un libro casi redondo, con la única falla de que nos deja con ganas de más. Pero vaya, esa es la intención de todo serial. Ya continuaremos reseñando en el futuro el volumen dos de esta saga.

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Jose Luis del Real es comunicador y diseñador gráfico. Actualmente es docente de Semiótica e Historia del Arte en la UACJ. Lo puedes seguir en Twitter en @jose_delreal